jueves, 11 de agosto de 2011

Planos alternos

 


Planos alternos

Mientras en alguna parte del universo, tras una pataleta, el niño rompe un libro justo en la página donde se encuentra el dibujo de un átomo, en otro distante lugar, las sombras de las víctimas quedan estampadas  en los muros, después de la explosión nuclear.


Del libro Efecto mariposa, 2004

jueves, 23 de junio de 2011

Chema Madoz


domingo, 24 de abril de 2011

Blanco sobre blanco




Haiku

¡Qué vértigo
si observo un punto
o miro el universo!

*

Atardeció. Tantos
hombres y no lograron
ensuciar el dia.

*

En el estambre
del anturio, la mosca
plancha sus alas.

*

Ventarrón repentino
arrancándole mariposas
al jardín.

*

Saliendo de la nube
se introduce sin ruido
la luna en el charco.

*

Sobre la cuerda
recupera su humildad
la ropa.

*

¿Resucité?
De nuevo vi
la pequeña flor.

*

Rostros crueles,
Si cierro los ojos
no veré las florecillas.

Del libro Blanco sobre blanco, de Umberto Senegal. Colección Cuadernos Negros de poesía. Calarcá 2008

jueves, 21 de abril de 2011

Piedra a piedra, poemas de Hernán Vargascarreño



Trenes nacionales

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Se sabe también de los trenes que regresan entre neblinas, en religioso mutismo, antes de amanecer. Leves invaden con su larga sombra la estación, y allí se instalan en absoluto silencio, como respirando alivio a su memoria de tantas rutas ya vejadas. Apenas clareando, huyen con su esperpento sin rumbo conocido, pero antes borran su jornada de toda memoria humana para no atreverse siquiera a humillar la vida.

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Algunos se atreven a hablar de un tren que nadie ha visto, de un tren que solo es rumor de irrealidad con su visaje de lunas sonrosadas que apenas se transparentan en el azul. Describen su paso hacia el medio día, mudo e invisible, pero latente en su irrealidad. Y aseguran que solo lo delata su deseo de ser, la terquedad de su memoria de la dicha. Cuando pasa, deja al dia bellamente herido y un color indefinido ondea temblando en el tiempo.

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Y gracias a los buenos dioses también suele pasar el tren de la dicha, el más deseado por sus sombras iluminadas. Cuando llega, se instala en los sueños de los más ancianos y los rapta a la patria de su niñez. Justo antes del alba los regresa con su carga de aventuras e ilusiones, y cuando despiertan, ni quieren morir ni le temen a la muerte.


Poemas del libro Piedra a piedra, Premio Nacional de Poesía José Manuel Arango (2010)


sábado, 26 de marzo de 2011

miércoles, 9 de marzo de 2011

Ilustración de El libro de los abrazos de Eduardo Galeano

jueves, 3 de marzo de 2011

La trenza





Al perder el honor, le cortaron el cabello. Recluida en el último torreón de la casona, lejos de las lenguas de las familias honorables y repudiada por su familia, sólo le quedaba el recuerdo de amable y ese retazo de horizonte que enmarcaba la pequeña ventana.

Al pasar los días, notaron cómo su cabellera crecía asombrosamente. Tanto, que le arrastraba por el piso. Como la reclusión era por tiempo largo, decidieron que cada mañana cortarían el cabello a ras, pero sin explicación, en la noche crecía de nuevo.

Cansados con la rutina del corte diario y el continuo afilar de las cuchillas, abandonaron a la muchacha. Los cabellos salieron de la habitación y recorrieron las caballerizas, el prado, los lagos, daban la vuelta a las colinas, servían de techo para las chozas humildes de los campesinos, los mendigos se abrigaban en las noches heladas, los pájaros hacían allí sus nidos y los amantes retozaban sobre ese lecho de pelo mullido. Sólo sus familiares levantaron grandes murallas para aislar la gran casa, pero ese cabello crecía como los bejucos de las selvas tropicales.

La mujer, al sentirse tan desgraciada, llamó a la vieja niñera y le pidió tejiera una enorme trenza con sus cabellos para formar un puente que la uniera con las miradas, las voces, las manos y las historias que en sus largas ensoñaciones presentía.

Efectivamente, trenzado el puente, empezó a llegar una romería de personas para maravillarse ante tal fenómeno. Como a una virgen le llevaban flores, veladoras, las mejores cosechas y hasta hubo varios hombres que se enamoraban de aquella cabellera tan voluptuosa; otros decían que era obra del demonio y para acercarse a ella, llevaban un crucifijo y un collar de ajos colgado al cuello.

Así transcurrió la vida de esta mujer, hasta que una noche la sorprendió la muerte y con ella el final de la cabellera oscura. El cuerpo fue embalsamado y asegurado a un roble para que la trenza continuara de puente colgante.

Desde ese entonces, se le conoce como el puente del honor perdido.

Nana Rodríguez Romero


Del libro La casa ciega y otras ficciones. Editorial Magisterio, 2000