jueves, 3 de julio de 2014
miércoles, 26 de febrero de 2014
Juanantonio, la tragedia de un David
Juanantonio, la
tragedia de un David
Juanantonio
se titula la nueva novela de la escritora y académica colombiana, Naná
Rodríguez.
Es
una novela que me gustaría calificar como una micronovela, en la que la gracia
no está solamente en la brevedad de sus capítulos sino también en ir
cumpliendo, en cada capítulo, con los imperativos del microrrelato.
Es
la historia de un héroe como muchos, que deben enfrentar el prejuicio, el
abuso, la segregación, el maltrato y el bullying desde la infancia. La violencia.
El dolor, en definitiva. Porque son muchos los héroes diferentes, aunque en
nuestra cultura occidental judeocristiana nos gusta decir que consideramos a
todas las personas iguales en derechos. Sabemos que eso es parte del discurso
“políticamente correcto”, con el que se queda bien con Dios y con el Diablo. La
realidad es otra cosa. Enfrentamos los ataques xenofóbicos, homofóbicos y
misóginos. Nadie que no sea copia al carbón de los wasp, tiene una cabida real
en nuestros espacios sociales. Y también está lo otro: el secreto conocido que
no se devela. La familia siempre sabe, las madres siempre saben. Pero hablar el
secreto, constituirlo en lenguaje, lo torna realidad que duele.
De
todo eso y de la lucha interna de Juanantonio para ser quien es y vivir acorde
a eso, trata esta micronovela.
La
autora, con una delicadeza de artífice o quizás de pintora impresionista, escribe
en capítulos compactos, con un lenguaje cuidado, poético, con un tono
intimista, la historia de este personaje/persona. La atmósfera pasa de los
tonos claros a los oscuros, de la luz a la semipenumbra dejando al lector en el
escenario sepia de una ciudad de Colombia que parece haberse detenido en el
tiempo. Detenida en una oscuridad que rasga la luminiscencia, con esos “corpúsculos
que giran a través de los rayos” y que abren una hendidura en la realidad y en
la memoria. Esta permanencia es en un espacio arcaico, de ciudad llovida, melancólica,
con casas antiguas y familias tradicionales, una iglesia poderosa y
terriblemente conservadora, una rigidez social que se contrapone con lo que
ocurre en la calle, en la vida. De alguna manera, me lleva a recordar la
atmósfera de La Virgen de los Sicarios, de Fernando Vallejo, en la que la
ciudad parece partida en pedazos que no se relacionan entre sí más que a partir
del sentido identitario y de pertenencia de los personajes. Hay una realidad
cruel, desgarrada…y sin embargo bella, como si de rayos de sol traspasando
nubes se tratara. Hermosamente trágica y verdadera.
El
personaje, este Juanantonio que tempranamente descubrió el valor del conocimiento
como herramienta de poder y de placer, es otra factura del David de Miguel
Angel. Juanantonio hace un camino esperado. Es el niño marica, el niño loca,
loketa, ese que apodan “la China”. Al que “se le quiebra la patita”. Lo que ve
el lector, sin embargo, es un niño aterrado que se esconde del látigo cruel de
la religión, la hipocresía de la iglesia y los mandatos familiares, el abandono
y la pobreza y además, lucha con lo que estalla en su interior.
En
uno de los capítulos notables de esta micronovela, (que tiene la fuerza pétrea
del David), se produce el encuentro entre Juanantonio y su referente en mármol.
Se produce allí un intercambio de miradas, de pieles que, sin tocarse, se
encuentran, se identifican, se reconocen. La escritora, con palabras precisas,
cincela el David que vive en Juanantonio. Rescata al sensual coloso de la malla
a veces incomprensible del lenguaje, lo hace brotar, lo planta ante los ojos
del lector con su fuerza y su fineza, enérgico, vigoroso, irresistible. Y
abandonado en la magnitud de su ternura de niño.
El
tema de la homosexualidad, del descubrimiento, de la emoción que va desde el miedo
a la euforia, es tratado acá desde una respetuosa convicción acerca de la
importancia de la identidad y el derecho a ejercerla, cuestión tan poco
reivindicada en nuestros países, en los que aún se está enfrascado en
discusiones añejas que apenas podrían servir datos históricos.
Hay
una referencia constante a los pájaros. Los pájaros vuelan, los pájaros se
desplazan, los pájaros bulliciosos y los perversos…los pájaros van y vienen. No
hay pájaros en jaulas sino solamente en libertad y son una imagen contrapuesta
con el sofoco emocional que sufre Juanantonio, el pajarito del ala rota.
Una
micronovela que vale la pena leer y sentir. Un tema, que, a mi entender, las
escritoras podemos abordar tan finamente como lo hace Naná Rodríguez. Quizás
desde la identificación con ciertas emociones tachadas como femeninas. Quizás también
desde el maltrato y la victimización con que el marco heteronormativo
estructura y trata a nuestro género.
En
la lectura de Juanantonio veremos emerger al David frente a nuestros ojos
educados para ver sólo en blanco y negro, perdiendo a veces la posibilidad de
ver en múltiples colores, incluyendo el sepia y aquella luminosidad valiente de
la verdad.
Gabriela
Aguilera, escritora chilena
Febrero
2014
viernes, 20 de diciembre de 2013
Leonora
Helena Poniatowska
Seix Barral. Biblioteca Breve , México, 2011
510 pg.
La
dama oval o los hemisferios de Leonora Carrington
Nana Rodríguez Romero
Reunir
a dos mujeres extraordinarias de la historia de la literatura y la pintura del
siglo XX, en una novela, es un disfrute para el espíritu. La escritora mexicana,
Helena Poniatowska, autora de una vasta obra reunida en novelas, cuentos,
poesía , teatro y crónica, como La noche
de Tatlelolco, La piel del cielo,
Querido Diego, te abraza Quiela, etc; aborda la vida de la pintora y escritora ingIesa
Leonora Carrington (1917-2011), mediante el género de biografía novelada, en la
que narra escenas de la vida de la
artista, nacida en el seno de la aristocracia que desafió desde niña, con su
temperamento arrollador, marcado por una gran imaginación y rebeldía, conociendo a lo largo de su existencia, no
sólo las tragedias del siglo XX en la Europa de la II guerra; sino también,
como víctima del exilio, la cultura extraña
del México ancestral y el cosmopolitismo de Nueva York.
A
través de sus 510 páginas, la autora, fiel a los hechos más significantes de la
vida de Leonora, a quien conoció de manera cercana; con un estilo sencillo y
ameno, conjuga la narración, con la erudición y la reflexión, mediante 56
capítulos salpimentados de gozo, dolor, sabiduría
y asombro, ingredientes con los que se construye una buena novela.
De esta manera,
se asiste a una historia de la cotidianidad y de la intimidad de la pintora,
exaltada y
marcada por las diversas épocas, circunstancias y lugares por donde transcurrió
su
vida. Desde su infancia en Lancashire, época temprana en la que su
excentricismo, su carácter fuerte y rebelde la hizo enfrentarse con la
autoridad de su padre y con las tradiciones y dogmatismos de la sociedad y de
la educación; su identidad con los caballos, reflejada en su posterior obra,
tanto así que en una conversación con su madre le dice que ella por dentro es
un caballo, y la madre le objeta que sólo ve a una niña vestida de blanco con
una medalla en el cuello, a lo que responde airada que es un caballo disfrazado
de niña, y además usa los dos hemisferios del cerebro, razón por la que la
trataron de “disfuncional”.
Se
podría decir, a través de la lectura, que Leonora Carrington fue una de
aquellas personas únicas, nacidas para crear y guerrear en la defensa de su
ser, libre de ideologías, dogmas y religiones, credos y partidos políticos; es
la imagen que se va construyendo a través de la escritura de Poniatowska en la
cual se deja entrever el carácter, la visión de mundo, y las emociones de dos
mujeres, conscientes de su lugar en la sociedad, quienes a pesar de su origen
aristócrata, con su pensamiento y acciones marcaron rupturas acerca del papel
de la mujer a mediados del siglo pasado, respecto del amor, del sexo, del arte,
de la familia, de la educación y de la política.
Los
diversos contextos que muestra la novela permiten conocer y re-conocer los
avatares vividos por la última pintora del surrealismo. Su pasión por la
pintura y el entrañable amor por el pintor Max Ernst, la llevan a huir de su
hogar y de su familia, a destruir los cánones de la estética tradicional, al
conocer a los surrealistas de la vanguardia como Bretón, Éluard, Artaud, Man
Ray, Duchamp, Dalí, Picasso, Miró, entre otros, y dejarse llevar por ese
torbellino en el que el vino, la poesía, el amor y el sexo, eran la vida.
Con
la nefasta aparición del fascismo en Europa, la Novia del viento se encuentra sola al ser apresado Ernst en un
campo de concentración. Trabajando como una campesina de sol a sol, logra
sobrevivir en el cuidado de sus viñedos, pero la soledad, sus visiones y
extravagancias la llevan a ser recluida en el manicomio y a sufrir dosis de
cardiazol, por orden de su padre, quizá el mayor infierno por ella vivido y
recordado con horror hasta sus últimos días.
La
literatura entre otras bondades, nos acerca al sentimiento de las épocas y a la
particularidad de la condición humana, en este caso de una artista del
surrealismo aunque ella expresara que todas sus pinturas eran reales, así como
sus cuentos; a los vaivenes de las
relaciones humanas signadas por la inmediatez, el deseo, los intereses
particulares, la guerra, el hambre, la locura, el exilio. Protegida por Renato
Leduc, un escritor mexicano que se enamora de ella, huye hacia América, huye
como el caballo blanco, en su cuadro Autorretrato
en el albergue del caballo de Alba. En primera instancia vive un tiempo en
Manhattan, en donde conoce a otros pintores como Chagall, Calder y Matta. Su
espíritu y sus manos revolotean sobre los lienzos y el papel, mientras intenta
adaptarse al nuevo país que se interesa por los surrealistas. Un poco perdida
como Alicia, a quien la novelista
introduce para relacionar la vida de Leonora con los diversos personajes de la
novela de Carroll, como una resonancia literaria y simbólica, sigue a su marido
para vivir en México.
Esta
novela, ganadora del Premio Biblioteca Breve del 2011, de Seix Barral, muestra
la vida de la artista que se parte en dos: Europa y América. En sus comienzos, la
estancia en un país extraño y virgen en el que todo está por descubrir, la
irrita, pues no entiende que la gente camine sin zapatos por las calles al lado
de sus perros y pavos; la comida es extraña, el idioma, las costumbres, la
crueldad heredada de los españoles cuando asiste casi obligada a una corrida de
toros, de la que sale aterrorizada y sintiéndose culpable por no haber hecho
nada para salvar a Tanguito, el toro.
Aunque la pintora vive hasta sus últimos días en México, no deja de ser aquella
amazona-caballo que toma té varias veces en el día.
Su
capacidad creadora no conoce la esterilidad o los períodos en blanco, su obra
es reconocida, tanto la pintura como la narrativa, y al final de su vida, sus
esculturas hacen parte del paisaje citadino en la gran urbe mexicana. Su obra, se nutre con las teorías de Freud y
de Jung, relacionadas con el inconsciente, más con Jung, en realidad; conoce la
meditación y el libro del I Ching, los hongos sagrados, la cábala. Se dice que
Leonora Carrington es considerada como una de las precursoras del feminismo en
su época, negaba ser la musa de algún artista, pues decía: “Ese endiosamiento
en la mujer es puro cuento, las llaman musas, pero terminan por limpiar el
escusado y hacer las camas”. A la vista de los otros, “Leonora era no una
poeta, sino un poema que camina, que sonríe, que de repente abre una sonrisa
que se convierte en pájaro, después en pescado y desaparece”, decía Octavio
Paz.
La
biografía novelada, de la escritora mexicana, tiene una armazón de círculos que
se tocan entre sí alrededor de Leonora como eje y el contexto cultural y
sociopolítico que se desarrolla entre 1920 y la primera década del presente
siglo. La vida cultural de México la llevan a reunirse con personajes de su
mundo artístico entre ellos la pintora Remedios Varo, también exiliada; con
ella Leonora establece una gran amistad para compartir la vida interior, hasta
que la muerte repentina las separa, dejándola en una gran desolación. En el
carrusel de la vida social conoce al fotógrafo húngaro Weiz, con quien tiene
dos hijos. Conoce a Jorodowsky, Luis Buñuel, León Felipe, Octavio Paz, Maria
Félix, asiste a algunas fiestas en casa de Frida Kalho y Diego Rivera, pero no
fructifica la amistad con ellos. El ambiente político que vive la UNAM con sus
movimientos estudiantiles en los que participan activamente sus dos hijos,
hacen que de nuevo la pintora huya con ellos hacia Nueva York, después de la
terrible masacre de Tatlelolco en 1968 .
La
lectura de esta novela, lleva al lector
a repasar la obra pictórica y narrativa de Leonora Carrington para comprenderla
mejor, pues la vida y la obra se entrelazan. Releer La dama Oval, Los conejos blancos, El séptimo caballo, o mirar sus cuadros llenos de imaginación,
símbolos e indescriptible belleza, abren un universo subjetivo en contraste con
las vicisitudes de su vida, sus amores, su familia, su constante exilio, la
angustia como remanente de la locura y sus prisiones.
De
esta forma, una vez más comprobamos que los verdaderos artistas en su gran
mayoría han sido signados por experiencias crueles en manos de los diversos
poderes que atraviesan el mundo y la vida, evidentes a través del arte, en este
caso de la literatura y la pintura.
miércoles, 11 de septiembre de 2013
Juanantonio
3
Esa mañana madrugamos y bajo el olor fresco de
las frondas esperamos con emoción el momento en
el cual abrieran las puertas de la escuela. Decenas
de niños -pájaros bulliciosos en medio de la calle-
tallaban la vida. De pronto, cuando pasamos al lado
suyo, un chiflido aterrador de pájaros perversos hiere
mis oídos. Todos señalan mis pies, se burlan. Volteo
a mirar los pies de ellos y encuentro que los chicos
tienen botas de tela que amarran con cordones arriba
del tobillo; miro mis zapatos y comprendo la razón de
la rechifla, mis tenis no se amarran, su empeine solo
llega hasta el borde del tobillo, para ellos son zapatos
de niñitas. Mi hermano gemelo no se inmuta, pero yo
siento la jauría sobre mí.
Allí comenzó la ordalía. Ese fue el día de mi bautismo
social. Tenía siete años.
pg 11
viernes, 1 de febrero de 2013
Motivos de seducción
http://www.mediafire.com/view/?b3sgbeuan42b54n
Motivos
de seducción
Naná Rodríguez Romero
No pocas veces me han preguntado cómo se puede
escribir minicuento, minificción y poesía a la vez. El gusto por estas dos
formas de la literatura se gesta creo yo con las primeros acercamientos a la
lectura en general. En mi caso, ocurrió con la lectura de cómics, para la época
eran esos hermosos cuadernillos con las historias de personajes como La pequeña Lulú, El pato Donald, Tribilín,
Periquita y Toby, y los cuentos de las cartillas de lectura, que recuerdo
leía a mi hermano menor cuando regresaba por las tardes de la escuela.
Considero que la característica visual de mi poesía y mi narrativa, se originó
allí; luego vino la época de las novelas de pistoleros que me apasionaban, y
creo así fue como empecé a reconocer la poesía, por la forma de ciertas
descripciones bucólicas del paisaje y de los atardeceres .
La anécdota de esta época de la infancia, ahora para
mi es muy bella, pues nos reuníamos los niños de la ciudad en el cine del
domingo en la mañana, con el brazo doblado por los cuentos e historietas que
intercambiábamos en la entrada del teatro; también las tiendas y las zapaterías
se convirtieron como en pequeñas bibliotecas de barrio pues allí alquilaban los
cómics, las novelas de color sepia de El Santo, El fantasma, el Doctor Mortis, Dick
Tracy y Tarzán, y por supuesto, las fotonovelas de Corín Tellado, las grandiosas
novelas de pistoleros con Billy de Kid, Bud Cassidy, Jesse James y una heroína pistolera de quien
no recuerdo el nombre, colgadas todas estas maravillas para la imaginación
infantil, en cuerdas a modo de vestidos que se secan al sol, alquilados por
unos pocos centavos para devolverlos al día siguiente.
Con la educación secundaria, vinieron las lecturas
de obras clásicas nacionales y universales y la presentación de esa señora
llamada filosofía, que me deslumbró e intimidó; conocer a Nietzcshe, y su
Zaratustra, esa maravillosa conjunción entre la poesía y el pensamiento,
encapsulados en los aforismos, fueron los motivos de la seducción. Ya
adolescente en compañía de mi hermano, leíamos con pasión los fragmentos de
este personaje, aunque poco entendíamos, nos fascinaba la música y los
pensamientos que en nuestras mentes abiertas se iban fortaleciendo, quizá fue
allí donde nació este gusto por la brevedad y la síntesis.
Los primeros trazos de la escritura fueron con la
poesía, esa especie de intimismo al comenzar esta relación amorosa con el
asombro y las palabras en compañía de los grandes maestros de la literatura . En
forma alterna empecé a conocer por intermedio de Guillermo Velásquez los
maravillosos minicuentos de Arreola llenos de ironía, humor, fantasía,
dejándonos perplejos algunas veces, o con una vaga sonrisa, otros que no
entendíamos por las alusiones históricas y literarias, que con el paso del
tiempo y la experiencia supe que se trataba de la intertextualidad y la
parodia. Así crecí en lecturas y sensibilidad: Borges, Cortázar, Monterroso,
Kafka, y un puñado de colombianos, entre ellos Guillermo Bustamante quien
publicó mi primer minicuento en su tabloide A
la topa tolondra en Tunja, mi ciudad natal.
En sus inicios, el tránsito por la narrativa se me había
convertido en un miedo secreto, un
balbuceo que eclosionó con una época de viajes oníricos, viajes al inconsciente
reunidos en una gran parte de mi primer libro de minicuentos, La casa
ciega y otras ficciones, reseñado por
Raúl Brasca bajo la luz de su mirada poética y gran conocedor del microcuento ,
en contraste con Lauro Zavala a quien la lectura del libro en mención espantó y a la vez me espantó
él a mi con su comentario, después
elaboré una minificción a partir de esta anécdota que titulé Cinta de Moebiüs, del libro El sabor del tiempo, reseñado luego por
nuestro amigo Lauro.
Las circunstancias me han asilado en el territorio
de la academia y en el hogar de la creación, después de salir de la universidad
con estudios en Psicología Educativa y filosofía, me dediqué a la vida
contemplativa: tejer textos y lana de oveja, los amigos me decían si no pensaba
en seguir estudiando y les contestaba que me estaba especializando en tejido de
punto y poesía, fueron los años más sostenidos en mi oficio literario. En un
mundo laboral cada vez más exigente, después de quince años regresé al ámbito académico,
a estudiar Literatura y semiótica, de un grupo de 42 personas creo que era una
de las pocas que estudiaba porque me gustaba la literatura, mi interés estaba
lejos del escalafón y los puntos salariales, vivía de nuevo en la casa de la
familia y me pagaba la universidad con el trabajo de mis manos, diseñaba y
elaboraba swéteres, mis manos eran suaves por la lanolina de las ovejas, mis
amigas de entonces.
Un día me encontré con el director del posgrado y me
miró con recelo al ver que llevaba un pequeño telar a clase, le dije que cómo
le parecía mi marco conceptual, y me contestó que las arañas se habían venido a
tejer a la universidad –ese día iba a explicar el concepto de texto a partir de
la analogía con un telar-.
Confieso que conocí teorías literarias, modelos
analíticos, escritores extraordinarios y ladrillos del estructuralismo que
matan la poesía, para mí era muy duro estar en medio de esa contradicción, pero
me emocionaba tanto cuando descubría que en mis minicuentos y cuentos estaba también
la diégesis y la historia, los distintos narradores, la focalización, la
epifanía, la intertextualidad, etc; siempre estuvieron ahí, pero no sabía sus
nombres, me acercaba a conocer la ciencia del texto literario. Luego vino el
trabajo de grado y sin dudarlo, empecé mis indagaciones acerca del minicuento,
sin muchos recursos pues para el año 95 no teníamos la internet en Colombia, en
las bibliotecas y librerías era muy escaso el tema, casi inexistente, pero me
apasioné tanto, que pasaba días enteros en las viejas bibliotecas de Tunja
internándome en la historia, dentro de esos tomos grandes y pesados, casi como
en una especie de arqueología, en búsqueda
del origen y desarrollo del relato breve, quería saber dónde y cuándo
había surgido, cómo había sido su transhumancia por los pueblos de oriente y
occidente, de la modernidad a la postmodernidad, en compañía de la primera Antología
del minicuento en Colombia de Kremer y Bustamante que me ayudó a ilustrar
algunos aspectos del género.
El trabajo fue contra el tiempo, pues si no lo
presentaba en el último semestre, tendría que pagar otro más y no podía ni
quería darme ese lujo, así que la nuca y los ojos pasaron cuenta de cobro. Con
algunas sugerencias del profesor Fabio Jurado, también amigo del minicuento, me
gradué y mientras elaboraba el informe final, tuve la certeza de que ese
trabajo lo iba a publicar. Llevé el
manuscrito a una editorial en Bogotá, y no les interesó porque eso del
minicuento casi nadie lo conocía, entonces con un préstamo del Fondo Mixto de
Cultura, salió la primera edición en 1996 y lo más sorprendente, pagué el
préstamo con la venta de mi primer hijo bautizado: : Elementos para una teoría del minicuento, bajo el sello editorial Colibrí Ediciones, mi propia editorial,
un brazo de la corporación Literaria con el mismo nombre que lideraba mi amigo
Arturo Neira.
Meses después de la publicación me llamó el director
de la especialización en Literatura y Semiótica Benigno Avila para darme la
dirección de Lauro Zavala, pues se conocieron en un Congreso realizado por el Instituto Caro
y Cuervo en Bogotá, él le había hablado de mi libro encontrado en la librería
Lerner; grande fue mi asombro pues a Lauro lo conocía a través de sus libros
Teorías del cuento I y II reseñados en mi trabajo, fotocopia que me había
facilitado Fabio Jurado, le escribí y tremenda sorpresa cuando me contesta
felicitándome por el libro e invitándome a ser miembro de la Asociación Internacional
de estudiosos de la minificción.
Después, por intermedio de Lauro y de internet,
conocí a esa persona maravillosa llamada Raúl Brasca; así empezó el intercambio
de libros: conocí a Violeta Rojo con su libro Breve manual para reconocer
minicuentos que me envió Lauro en su gran generosidad desde México, de esta
manera se enriqueció mi conocimiento sobre el minicuento a través de ese “desgenerado”
de Violeta. Luego vinieron los autores mexicanos a través de las antologías y estudios sobre la minificción de Lauro: Guillermo
Samperio, José de la Colina, Avilés Favila, Mónica Lavín, Adolfo Castañón,
entre otros; después, Argentina con Raúl y su notable trabajo en Maniático Textual, sus excelentes libros
de microcuentos, las diversas antologías Desde
La gente , - así supe que el género tenía varias denominaciones - uno de los libros que recibí en el
intercambio con Raúl fue Casa de Gueishas
de la gran Ana María Shua, a quien ya conocía y comenté en Los elementos con un texto de La
sueñera, y El jardín de las delicias
de Marco Denevi. Años después me encontré con Raúl en Buenos Aires, quien tuvo
el gesto amabilísimo de invitarnos a almorzar y luego mostrarnos en su auto,
Palermo, La costa Nera y el centro de la ciudad, fueron gratos momentos en su compañía y la de
mi hermano en esa ciudad tan bella.
En ese lapso de tiempo tuve otros hijos bautizados: Permanencias, Hojas en mutación, Lucha con
el ángel, La casa ciega y otras ficciones, publicado después de dos o tres
años de espera en la misma editorial que
me había negado la publicación del primer libro, Editorial Magisterio, la
dedicatoria del editor al primer ejemplar dice: Cuando volví, al fin el libro estaba allí!. Después, al participar en una convocatoria del
Ministerio de Cultura de mi país, gané una beca de residencias artísticas en el
exterior en el año 2002, se trataba de vivir en Venezuela durante dos meses y
medio para escribir un libro de minificciones, desarrollar un programa de
lecturas, y recitales en varias ciudades. Allí conocí en persona a Violeta Rojo
quien también con su gran amabilidad me enseñó Caracas y la comida tradicional
de Venezuela, y por cosas del azar, a
Lauro Zavala; ese día desayunamos, conversamos y el resto del día estuve
mostrando la ciudad a Lauro y a su esposa, fuimos a cine, a la Casa de Bello,
al museo San Carlos, entre otros lugares. De esa experiencia en Venezuela,
surgió el libro de minificciones Efecto
mariposa .
También allí, me regalaron libros de grandes
escritores del minicuento y la minificción de ese país como Alfonso Armas,
Eduardo Liendo, Antonio Ramos Sucre, Gabriel Jiménez Emán, Antonio Jose
Sequera, Luis Britto García, Rigoberto Rodríguez, quien además tenía una página
en internet denominada Texto sentido, conducía un programa
radial y me invitó para conversar sobre el minicuento.
En los años sabáticos forzados, adelanté una
investigación sobre el minicuento en Colombia, a partir de un rastreo de libros
de minificción y minicuento publicados en el centro del país, pues se sabe que
se escribe y publica mucho en provincia pero muchas veces estas ediciones no se
conocen en la capital, además indagué por los concursos que día a día crecen,
por los autores consagrados en la novela que han coqueteado con el minicuento
como García Márquez, Alvaro Mutis, Mejía Vallejo, y los consagrados en el
género como Triunfo Arciniegas, Elias Flórez Brum, Jairo Aníbal Niño, Harold
Kremer, Humberto Jarrín, Umberto Senegal, entre muchos otros. Además de las
antologías preparadas por Bustamante y Henry González con la colección La Avellana, los bellos Cuadernos negros editados por Viviana
Bernal desde Calarcá y su antología de escritoras colombianas de minificción.
Luego vinieron los últimos hijos de la poesía: El bosque de los espejos, El oro de Dionisios, La piel de los teclados y una segunda
edición de los Elementos publicada
por la universidad donde trabajo, la
UPTC. Heme aquí re-visitando estos
lugares, personas, textos, afectos y desafectos, mi travesía por estas rutas de
la escritura y de la lectura, de la poesía, de la minificción y del minicuento,
esta lucha con las palabras porque algunas
veces no alcanzan para expresar el misterio o el asombro, o también
cuando se vienen en cascada y la escobilla se queda olvidada por ahí en un
rincón…
Este caleidoscopio ha venido fortaleciéndose y
ganando en imágenes gracias a ese invento genial de la internet, por este medio
conocí el trabajo admirable que desarrolla Ficticia
con Marcial Fernández y Alfonso Pedraza en México, a José Manuel Ortíz, a Rogelio
Guedea, a El cuento en red, a Rony
Vásquez, con Plesiosaurio en Perú, a La internacional microcuentista con Martin Gardella y
Esteban Dublín, a Ojo travieso con
Lilian Elphick, y el grupo selecto de escritores chilenos como Pía Barros y Diego
Valenzuela; a Quimicamente impuro y Breves no tan breves de Sergio Gaut Vel
Hartman, a Juan Romagnoli, Luiza Valenzuela de Argentina, y los grandes
escritores españoles Julia Otxoa y Jose Manuel Merino; Ficción mínima y ese mar de blogs y páginas dedicadas al
minicuento, minificción, microrrelato, microcuento, a todos esos amigos del facebook amantes de la brevedad.
Por otra parte, gracias a personas estudiosas de la
minificción como David Lagmanovich, Lolita Koch, Lauro Zavala, Juan Armando
Apple, Laura Pollastri, Paqui Noguerol, Sandra Bianchi, Javier Perucho, entre
muchas otras, este jardín cada día se robustece con nuevas propuestas, nuevos
nombres, nuevos asombros y también mucha vanalidad como ha expresado nuestro
amigo y escritor argentino Orlando Romano.
Para volver a la pregunta inicial de por qué el minicuento
y la poesía, comparto el siguiente texto que nació como poema y meses después
en los vaivenes de la revisión, le di un cierre de minificción:
Imperativa
Le dije:
¡Intúyeme!
Me has desarmado con
sólo una mirada
Condúceme hacia la
hondura de tus besos
Arrástrame hasta la
espesura de tus cabellos
El aroma de tus
axilas, la redondez de tus pupilas
¡Traspásame!
Navégame con la
tibieza de tus pies
La suave curva de
tus uñas.
Erige con tus manos
un altar en mi espalda
¡Pruébame!
Hunde tus dientes en
la carnosidad sublime de las frutas
Recorre mis
laberintos, descúbreme
Sé domador de mis
abismos
Reina en la más
profunda cavidad
Arráncame el grito
de la sangre
Derrámame el vino de
la especie:
¡Floréceme!
Nunca supe si lo
intimidaron las palabras y su significado. La voz pasiva o la acción de los
verbos. El caso es que salió huyendo con la disculpa de ir a comprar cigarros.
Tunja, marzo de 2012
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