lunes, 14 de noviembre de 2016
domingo, 27 de diciembre de 2015
jueves, 20 de agosto de 2015
Los poemas del desasosiego, de Carlos García
Monólogo ante el espejo
Entrar en un libro de poesía, es vadear
sobre las corrientes del lenguaje, el pensamiento y las emociones, bucear en el
océano de la voz que murmura o grita o calla verdades íntimas que dialogan con
el tiempo y el ser, en este caso, en el libro
Poemas del desasosiego, de Carlos García
El título del libro ya es una
invitación a la temática que allí se desarrolla, poesía de aquella que nos desacomoda, nos
hace dudar, nos plantea preguntas, nos deja en la incertidumbre, hablando solos
ante un espejo que a veces se empaña, con un lenguaje sencillo, sin artificios
ni erudición ruidosa.
El libro se compone de seis apartados
con temas universales como la soledad, el tiempo, el ser, el amor, la muerte,
el poder, el conocimiento y el descreimiento, la locura, todos con el tono del
desasosiego del hombre actual que existe en un mundo del consumo y la banalidad,
de la violencia y el egoísmo donde
“existir es tan inmenso como morir” y dónde se nos interroga: “¿querer algo que
nunca será tuyo/ eso es a lo que llamas existir?”
La imagen que tengo después de la
lectura del libro de Carlos, es la misma del título de esta presentación, es un
largo monólogo que el poeta teje en profunda soledad ante un espejo, a veces en
primera persona, a veces como un alter ego que lo acompaña;“El yo es otro/ que
te persuade”, como señalaba Nietzsche, cuando estamos en soledad, no estamos
solos, siempre somos dos y cuando llega el otro a interrumpir esa soledad,
entraría a ser un tercero.
Herederos de la cultura occidental, los
filósofos nos ha enseñado que la razón y la emoción no pueden mezclarse, hemos
sido escindidos de esta unidad humana, la razón siempre ha prevalecido como
imperativo de la filosofía, la cultura, la ciencia, la vida misma. Se ha hecho
una yuxtaposición entre la razón y las emociones, la educación tradicional nos ha dogmatizado,
no está bien visto mostrar y demostrar el amor, la rabia, la tristeza, el
dolor, la desesperanza, el miedo, la orfandad, aquello que nos hace vulnerables.
Gracias al arte, a la poiesis, ha sido posible volver a la unidad de la
razón y la emoción, y eso es lo que encontramos en estos Poemas del
desasosiego, una reflexión acerca de la condición existencial de una época
en que los juegos del poder, las relaciones entre seres humanos, el mero
transcurrir cotidiano se pone en tela de juicio, :“No creo en el aquí y en el
ahora/ pero a veces ni siquiera creo en lo que digo, / ni digo lo que realmente
creo.
Las emociones aquí están tejidas con
unas costuras muy sutiles a través del río de dudas y certezas del monólogo:
“Tanto dolor para hacer / que alguien nos ame / tanta angustia para evitar/ que
alguien nos olvide”. En este trabajo poético se perciben las resonancias
filosóficas y poéticas en Carlos García, no en vano su formación filosófica.
Por estos espacios hacen eco Heidegger, Nietzsche, Sartre, Sócrates, el saber
desbordado que se repite a veces como pesadas sombras : “De tantas sucias modas
/y de tantos “yo sé lo que tu no sabes”/ de tanta ignorante sabiduría/ de
tantas parcelas omnipotentes / cansado de vivir haciendo ecos.”
“El mundo
es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la
ausencia de sensibilidad. La cualidad principal en la práctica de la vida es
aquella cualidad que conduce a la acción, esto es, la voluntad. Ahora bien, hay
dos cosas que estorban a la acción –la sensibilidad y el pensamiento analítico,
que no es, a fin de cuentas, otra cosa que el pensamiento con sensibilidad”.
Expresa Pessoa en El libro del Desasosiego. O la sensibilidad del pensamiento,
en esta experiencia de leer a Carlos García, cuando dice: “cansado de amar el
deber/ y de deber por amar”o “Cuidar de los bienes /más que de la propia vida”
. Y, en El poema de los objetos:
“Huyo de mí mismo/ me oculto, me niego/ porque voy en pos de los objetos/ y
nunca de mí mismo.”
La presencia del tiempo enfrentado al ser, es
otro de los elementos que permean la poética de los poemas en cuestión. El
tiempo como ese monstruo de mil caras y de ninguna: “Los otros devoran tu
tiempo/ los otros que prescinden de ti/ como de ellos mismos (…) los otros que
son/ y no son tu/ fuera o dentro/y que devoran sin temor tu tiempo/ tu
miserable tiempo” O en su poema El ser en
la oscuridad: Mira lo pasado dándote la espalda/mira lo futuro viéndote de
reojo/ mira el torrente de los/ días que pasan/ mira la negación de tu
muerte/la muerte por tu arrogante afirmación.”
Y el
amor que es un pozo donde abreva la vida pero también la muerte, se presenta
aquí en un tono de nostalgia y de ausencia, de bendición por el cuerpo de la
mujer amada, quizá en estos breves poemas se hizo una fisura de sosiego que
rompió con el tono claroscuro del libro.
Otras resonancias desde la poesía se pueden
encontrar en la poética de Carlos como un juicioso lector y degustador de la poesía
pues siempre que nos encontramos en los pasillos de la universidad, lleva uno o
dos libros de poesía en sus manos, y los muestra con orgullo y apasionamiento,
son los ecos de la poesía oriental con su maravillosa sencillez, sabiduría y
brevedad. Tal vez por esta razón en uno de sus poemas, habla de los apegos, de la
dependencia a las cosas que compramos y nos olvidamos de lo que recibimos, “de
la piel ajena y sus anhelos/ y te aferras sólo a tu propia sombra/ (…) aún
cuando sabes / que uno no debería depender/ de cosas, personas y deseos.”
También hay un poema dedicado a Tomás Transtromer, premio nobel de literatura
que justo, murió en días pasados y dice en alguna de sus líneas: “Bella la
venganza / que se queda sin respuesta/ la respuesta que culmina en el
silencio.” Otro poema dedicado a Si Kongtu, a Ungaretti, a Gong Biland en el
que se puede leer: No eres nadie/ y vas quedando sin horizontes/ sin alguien
que te recuerde/ sin alguien a quien recordar”.
Y desde luego, la voz de Calderón de la Barca,
Nietzsche, Pessoa, Quasimodo, Omar Jayyam, como epígrafes de cada uno de los
apartados de Poemas del desasosiego.
Estas cortas alusiones, son apenas una invitación para leer a Carlos García y
acompañarlo en este viaje de luces y sombras y decirle algo que él ya sabe: “la poesía es la única compañera, acostúmbrate
a sus cuchillos que es la única”, como sentenció nuestro gran poeta Raúl Gómez
Jattin.
Nana Rodríguez Romero
Tunja, marzo 30 de 2015
jueves, 3 de julio de 2014
miércoles, 26 de febrero de 2014
Juanantonio, la tragedia de un David
Juanantonio, la
tragedia de un David
Juanantonio
se titula la nueva novela de la escritora y académica colombiana, Naná
Rodríguez.
Es
una novela que me gustaría calificar como una micronovela, en la que la gracia
no está solamente en la brevedad de sus capítulos sino también en ir
cumpliendo, en cada capítulo, con los imperativos del microrrelato.
Es
la historia de un héroe como muchos, que deben enfrentar el prejuicio, el
abuso, la segregación, el maltrato y el bullying desde la infancia. La violencia.
El dolor, en definitiva. Porque son muchos los héroes diferentes, aunque en
nuestra cultura occidental judeocristiana nos gusta decir que consideramos a
todas las personas iguales en derechos. Sabemos que eso es parte del discurso
“políticamente correcto”, con el que se queda bien con Dios y con el Diablo. La
realidad es otra cosa. Enfrentamos los ataques xenofóbicos, homofóbicos y
misóginos. Nadie que no sea copia al carbón de los wasp, tiene una cabida real
en nuestros espacios sociales. Y también está lo otro: el secreto conocido que
no se devela. La familia siempre sabe, las madres siempre saben. Pero hablar el
secreto, constituirlo en lenguaje, lo torna realidad que duele.
De
todo eso y de la lucha interna de Juanantonio para ser quien es y vivir acorde
a eso, trata esta micronovela.
La
autora, con una delicadeza de artífice o quizás de pintora impresionista, escribe
en capítulos compactos, con un lenguaje cuidado, poético, con un tono
intimista, la historia de este personaje/persona. La atmósfera pasa de los
tonos claros a los oscuros, de la luz a la semipenumbra dejando al lector en el
escenario sepia de una ciudad de Colombia que parece haberse detenido en el
tiempo. Detenida en una oscuridad que rasga la luminiscencia, con esos “corpúsculos
que giran a través de los rayos” y que abren una hendidura en la realidad y en
la memoria. Esta permanencia es en un espacio arcaico, de ciudad llovida, melancólica,
con casas antiguas y familias tradicionales, una iglesia poderosa y
terriblemente conservadora, una rigidez social que se contrapone con lo que
ocurre en la calle, en la vida. De alguna manera, me lleva a recordar la
atmósfera de La Virgen de los Sicarios, de Fernando Vallejo, en la que la
ciudad parece partida en pedazos que no se relacionan entre sí más que a partir
del sentido identitario y de pertenencia de los personajes. Hay una realidad
cruel, desgarrada…y sin embargo bella, como si de rayos de sol traspasando
nubes se tratara. Hermosamente trágica y verdadera.
El
personaje, este Juanantonio que tempranamente descubrió el valor del conocimiento
como herramienta de poder y de placer, es otra factura del David de Miguel
Angel. Juanantonio hace un camino esperado. Es el niño marica, el niño loca,
loketa, ese que apodan “la China”. Al que “se le quiebra la patita”. Lo que ve
el lector, sin embargo, es un niño aterrado que se esconde del látigo cruel de
la religión, la hipocresía de la iglesia y los mandatos familiares, el abandono
y la pobreza y además, lucha con lo que estalla en su interior.
En
uno de los capítulos notables de esta micronovela, (que tiene la fuerza pétrea
del David), se produce el encuentro entre Juanantonio y su referente en mármol.
Se produce allí un intercambio de miradas, de pieles que, sin tocarse, se
encuentran, se identifican, se reconocen. La escritora, con palabras precisas,
cincela el David que vive en Juanantonio. Rescata al sensual coloso de la malla
a veces incomprensible del lenguaje, lo hace brotar, lo planta ante los ojos
del lector con su fuerza y su fineza, enérgico, vigoroso, irresistible. Y
abandonado en la magnitud de su ternura de niño.
El
tema de la homosexualidad, del descubrimiento, de la emoción que va desde el miedo
a la euforia, es tratado acá desde una respetuosa convicción acerca de la
importancia de la identidad y el derecho a ejercerla, cuestión tan poco
reivindicada en nuestros países, en los que aún se está enfrascado en
discusiones añejas que apenas podrían servir datos históricos.
Hay
una referencia constante a los pájaros. Los pájaros vuelan, los pájaros se
desplazan, los pájaros bulliciosos y los perversos…los pájaros van y vienen. No
hay pájaros en jaulas sino solamente en libertad y son una imagen contrapuesta
con el sofoco emocional que sufre Juanantonio, el pajarito del ala rota.
Una
micronovela que vale la pena leer y sentir. Un tema, que, a mi entender, las
escritoras podemos abordar tan finamente como lo hace Naná Rodríguez. Quizás
desde la identificación con ciertas emociones tachadas como femeninas. Quizás también
desde el maltrato y la victimización con que el marco heteronormativo
estructura y trata a nuestro género.
En
la lectura de Juanantonio veremos emerger al David frente a nuestros ojos
educados para ver sólo en blanco y negro, perdiendo a veces la posibilidad de
ver en múltiples colores, incluyendo el sepia y aquella luminosidad valiente de
la verdad.
Gabriela
Aguilera, escritora chilena
Febrero
2014
Suscribirse a:
Entradas (Atom)









