viernes, 7 de abril de 2017

La cometa infinita



La cometa infinita

Todavía siento vértigo cuando recuerdo el día en que fuimos a elevar cometas en la colina, a unas cuadras de mi casa .
Ese día íbamos Alberto, Rosa, Margarita y John, cada uno con una cometa diferente, cada uno presumiendo de tener la más bonita, la más novedosa, la más aerodinámica.
Nos dispusimos en sitios estratégicos en donde la dirección del viento nos prometiera un mejor manejo de nuestro animales del aire.
En veinte minutos ya teníamos nuestra ave de papel izada muy cerca de las nubes. Sus colas se movían agitadas, estábamos felices. Mi cometa que era un tigre con alas de mariposa, pedía y pedía cuerda, pero ya se la había dado toda; de pronto tiró tan fuerte de mí, me dio un jalonazo tan grande, que me elevó por sobre mis amigos, ellos gritaban y chiflaban sorprendidos, me decían que no me fuera a soltar por nada.  Agarré la caña con fuerza y cerré los ojos.  Cuando sentí que el viento se ponía más suave, abrí los ojos y vi desde arriba cómo pasábamos por encima de mi ciudad, como si viajara en avión o en  globo; al frente teníamos un gran ejército de nubes, mi cometa me arrastró hasta allá y ya no vi más ciudad, la niebla se fue disipando poco a poco, la cola de mi tigre mariposa ondulaba en ese nuevo espacio, para mí desconocido, flotábamos sobre una especie de desierto rojo, lleno de vapores que subían y rayos que partían esa atmósfera, recordé las películas de ciencia ficción que tantas veces he visto por la televisión, llegué a pensar que se trataba del planeta Venus. Entonces, para no sentirme tan solo decidí hablarle a mi animal del aire y le pregunté hacia dónde nos dirigíamos, me respondió con una voz gruesa de tigre, que era solamente un paseo por la vía láctea que él quería regalarme en recompensa por haberlo elegido entre tantas cometas que había en el parque.
Al escuchar al tigre alado, me tranquilicé y aflojé un poco la cañita del cordel que ya me había sacado ampollas por la presión que le hacía. Luego pasamos por sobre una naranja llena de hoyitos y burbujas que salían de allí y se elevaban en el espacio, yo los podía coger con mi mano y se desaparecían . Después pasamos por un bosque de árboles de todos los colores, pero eran árboles de cristal que se convertían de un momento a otro en fuentes de agua, era bellísimo ver toda esa agua erguida, brillante, de todos los colores imaginables, cuando se detenían en su raíz, un vuelo de pájaros se alzaba y llenaba el aire de cantos y aleteos y de nuevo los árboles y así hasta el infinito. Yo no me quería ir de allí pero la cuerda de la cometa me halaba contra mi voluntad; la cuerda se había hecho infinita pues ya no veía al tigre mariposa, esto me llenó de temor y empecé a enrollar la cuerda y a enrollarla y a enrollarla hasta que se fue formando una gran bola de cordel y nada que aparecía el tigre, seguí enrollando hasta que la bola era casi de mi tamaño, cuando ya no pude más caí sobre la colina dorada todo enredado por la cuerda, pero mi animal de papel, ese tigre loco, se había quedado por allá arriba y mis amigos ya no estaban.
Me devolví triste para la casa y pedí a mi mamá me comprara otra cometa igualita a la del tigre mariposa, ¡pero qué va! , ya no había una sola como esa, decidí llevarme un dragón abeja, pero al izarlo, lo podía ver perfectamente y no me pedía cuerda, ondeaba muy bonito en el azul del cielo pero no era tan arriesgado y aventurero como mi tigre de papel.  Todavía guardo la bola de cordel en el armario de mi habitación, pueda ser que algún día de agosto, entre las cuerdas de alguna cometa, vuelva enredado mi tigre mariposa.

Colibrí Ediciones, 2017.




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